El secreto de las tortugas para llegar a los cien años sin envejecer

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Todos los organismos vivos envejecen y mueren. No hay forma de escapar a la muerte, pero la senescencia, como se conoce al envejecimiento biológico, puede no ser un destino ineludible a pesar de todo. Dos estudios publicados este jueves en la prestigiosa revista ‘Science’ muestran que muchas tortugas que viven vidas excepcionalmente largas -algunas de ellas superan los 100 años- han encontrado una manera de ralentizar o incluso desactivar por completo el deterioro debido a la edad. Los investigadores han descubierto que estos animales pueden mantenerse jóvenes por más tiempo si sus condiciones ambientales mejoran, algo imposible para los seres humanos.

Un equipo de la Universidad del Sur de Dinamarca estudió 52 especies de tortugas terrestres y acuáticas que viven en zoológicos y acuarios. Encontraron que su patrón de envejecimiento no se parece al de los humanos u otros animales. De hecho, la mayoría envejecen de forma extremadamente lenta -el 80% lo hacen más lentamente que los humanos-, y aunque parezca increíble, en algunos casos su senescencia es insignificante. Destacan la tortuga griega (Testudo graeca) y la de Hermann (T. hermanni), cuyas tasas de envejecimiento no se distinguen de cero.

Madurez sexual
Algunas teorías evolutivas predicen que la senescencia aparece después de la madurez sexual como un intercambio entre la energía que un individuo invierte en reparar los daños en sus células y tejidos, y la energía que invierte en la reproducción, para que sus genes pasen a las siguientes generaciones.

Esta compensación implica, entre otras cosas, que, después de alcanzar la madurez sexual, los individuos dejan de crecer y comienzan a experimentar un deterioro gradual de las funciones corporales con la edad. En teoría, tales compensaciones son inevitables y, por lo tanto, la senescencia es inevitable. De hecho, esta predicción ha sido confirmada para varias especies, particularmente mamíferos y aves.

Sin embargo, se cree que los organismos que siguen creciendo después de la madurez sexual, como las tortugas, tienen el potencial de seguir invirtiendo en reparar los daños celulares y, por lo tanto, se consideran candidatos ideales para reducir e incluso evitar los efectos nocivos de la senescencia.

No son inmortales
Los investigadores también descubrieron que algunas de estas especies pueden reducir su envejecimiento en respuesta a las mejores condiciones de vida en zoológicos y acuarios, en comparación con la naturaleza. Esto no les ocurre a los humanos.

En el último siglo, la longevidad humana se ha incrementado sin precedentes. Sin embargo, en los primates la mejora de las condiciones de vida no modifica en gran medida la tasa de envejecimiento. Entre estas especies, los cambios ambientales afectan principalmente a la mortalidad infantil y juvenil, así como a las causas de muerte independientes de la edad, como la depredación o las condiciones extremas. «Estas especies, incluida la humana, no pueden evitar la senescencia», subraya Fernando Colchero, profesor de Matemáticas y Ciencias de la Computación en la Universidad del Sur de Dinamarca.

Eso sí, que apenas envejezcan «no significa que sean inmortales; solo significa que su riesgo de muerte no aumenta con la edad, pero sigue siendo mayor que cero. En resumen, todos morirán eventualmente debido a causas inevitables de mortalidad, como la enfermedad», asegura Colchero.

Con tranquilidad
En un segundo estudio, Beth Reinke y sus colegas de la Universidad del Noreste de Illinois en Chicago compararon las tasas de envejecimiento y la vida útil de 77 especies de 107 poblaciones silvestres, incluidas tortugas, anfibios, serpientes y cocodrilos. La longevidad de los ectotermos (estimada como el número de años después de la primera reproducción cuando el 95% de los adultos han muerto) osciló entre 1 y 137 años. A modo de comparación, la longevidad de los primates oscila entre 4 y 84 años. Los autores también encontraron poca evidencia de envejecimiento en múltiples especies de quelonios, en algunas salamandras y en el tuatara (un reptil endémico de las islas aledañas a Nueva Zelanda). Para estos investigadores, las adaptaciones protectoras como caparazones óseas y el ritmo de vida relativamente lento, en el caso de las tortugas, ayudan a explicar su envejecimiento insignificante.

Curiosamente, y al contrario de lo que ocurre con los humanos, los machos sobreviven a las hembras. Sin embargo, cuando las hembras son más grandes que ellos, tienen una mayor esperanza de vida.